Divina Comedia
Divina Comedia Si hubiese podido estar al abrigo del fuego, me habrÃa lanzado hacia ellos, y creo que mi Maestro lo hubiera tolerado; pero como estaba expuesto a abrasarme y cocerme, el miedo venció la buena intención que me impelÃa a abrazarlos. AsÃ, les dije:
—Vuestra situación no me ha inspirado desprecio, sino un dolor que tardará en desaparecer; esto es lo que he sentido desde el momento en que mi GuÃa me dijo algunas palabras por las que he comprendido que era gente de vuestra calidad la que hacia nosotros venÃa. De vuestra tierra soy; y siempre he oÃdo hablar con gusto de vuestros actos y vuestros honrados nombres. Dejo las amarguras y voy en busca de los sabrosos frutos que me ha prometido mi sincero GuÃa; pero antes me es preciso bajar hasta el centro del infierno.
—Asà tu alma permanezca unida a tus miembros por mucho tiempo —repuso aquél— y asà también resplandezca tu fama después de la muerte, ruégote que nos digas si la gentileza y el valor habitan aún en nuestra ciudad, como solÃan, o si se han desterrado por completo; porque Guillermo Borsiere, que gime hace poco entre nosotros y va allà con los demás compañeros, nos atormenta con lo que nos cuenta que está pasando allÃ[138].
—Los advenedizos y las rápidas fortunas han engendrado en ti, Florencia, tanto orgullo e inmoderación, que tú misma te lamentas ya por esa causa.