La Divina Comedia
La Divina Comedia a cuyo pie naciste, le fue amargo.
Luego, cercano el tiempo en el que el cielo
quiso ordenar el mundo a su manera,
César por gusto de Roma lo obtuvo.
Y lo que obró desde el Varo hasta el Rin,
lo vio el Isara, el Era y lo vio el Sena
y los ríos que al Ródano engrandecen.
Lo que obró luego al marcharse de Rávena
y cruzó el Rubicón, fue tan aprisa
que ni pluma ni lengua alcanzarían.
Luego marchó con sus tropas a España,
luego a Durazzo, y tal golpe en Farsalia
dio, que hasta el Nilo se dolió del daño.
A Antandro y al Simoes, patria suya,
vio otra vez, y el lugar que a Héctor sepulta;
y partió para mal de Tolomeo.
De allí fue como un rayo contra Juba;
y desde allí se volvió al occidente
donde escuchó la trompa pompeyana.
Por lo que obró en las manos del siguiente,
en el infierno ladran Bruto y Casio,
y se dolieron Módena y Perugia.
Aún lo llora la triste de Cleopatra,
que, escapando de aquél, con la culebra
se dio la muerte atroz e inesperada.
Con él llegó a la orilla del mar Rojo,
con él en tanta paz al mundo puso,