La Divina Comedia

La Divina Comedia

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Apenas penetraron dentro de mí

estas breves palabras, comprendí

que sobre mi virtud estaba alzado;

y de una vista nueva disfrutaba

tal, que ninguna luz es tan brillante,

que con mis ojos no la resistiera;

y vi una luz que un río semejaba

fulgiendo fuego, entre sus dos orillas

pintadas de admirable primavera.

Salían del torrente chispas vivas,

que entre las flores se desparramaban,

cual rubíes que el oro circunscribe;

después, como embriagadas del aroma,

al raudal asombroso se arrojaban

de nuevo, y si una entraba otra salía.

«El gran deseo que ahora te urge y quema,

de que te diga qué es esto que ves,

más me complace cuanto más intento;

mas de este agua es preciso que bebas

antes que tanta sed en ti se sacie.»

De este modo me habló el sol de mis ojos.

Y después: «Son el río y los topacios

que entran y salen, y el prado riente,

sólo de su verdad velados prólogos.

No que de suyo estén aún inmaduros;

más el defecto está de parte tuya,

que aún no tienes visión tan elevada.»


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