La Divina Comedia
La Divina Comedia Y por su pie corrían los centauros,
en hilera y armados de saetas,
como cazar solían en el mundo.
Viéndonos descender, se detuvieron,
y de la fila tres se separaron
con los arcos y flechas preparadas.
Y uno gritó de lejos: «¿A qué pena
venís vosotros bajando la cuesta?
Decidlo desde allí, o si no disparo.»
«La respuesta —le dijo mi maestro—
daremos a Quirón cuando esté cerca:
tu voluntad fue siempre impetuosa.»
Después me tocó, y dijo: «Aquel es Neso,
que murió por la bella Deyanira,
contra sí mismo tomó la venganza.
Y aquel del medio que al pecho se mira,
el gran Quirón, que fue el ayo de Aquiles;
y el otro es Folo, el que habló tan airado.
Van a millares rodeando el foso,
flechando a aquellas almas que abandonan
la sangre, más que su culpa permite.»
Nos acercamos a las raudas fieras:
Quirón cogió una flecha, y con la punta,
de la mejilla retiró la barba.
Cuando hubo descubierto la gran boca,
dijo a sus compañeros; «¿No os dais cuenta
que el de detrás remueve lo que pisa?