El Zarco. La Navidad en las montanas

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—Le diré a usted: teníamos armas para las defensas de las poblaciones, es decir, armas que pertenecían a las autoridades y armas que habían comprado los vecinos para su defensa personal. Hasta los más pobres tenían sus escopetas, sus pistolas, sus machetes. Pero pasó primero Márquez con los reaccionarios y quitó todas las armas y los caballos que pudo encontrar en la población. Algunas armas se escaparon, sin embargo, y algunos caballos también, pero pasó después el general González Ortega con las tropas liberales y mandó recoger todas esas armas y todos esos caballos que habían quedado, de manera que nos dejó con los brazos cruzados. Luego, los bandidos apenas saben que alguno tiene un caballo regular, cuando en el acto se meten a cogerlo. ¿Quién quiere usted que compre ya ni armas, ni caballos, sabiendo que los ha de perder de todos modos? Además, aun cuando nos queden machetes y cuchillos, ¿cree usted que nos vamos a poner con quien trae buenos mosquetes o rifles?

—Pues, hombre —replicó el militar reflexionando—, eso sí está malísimo, porque así cualquiera puede burlarse de ustedes. ¿Y qué hacen entonces?




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