El Zarco. La Navidad en las montanas

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—Lo único que hacemos es huir o escondernos. Tenemos un vigilante en la torre, durante el día. Cuando toca la campana, dando la alarma, las familias se esconden en el curato o donde pueden, en lo más oculto de las huertas; los hombres corren y las autoridades… nos sumimos —añadió el pobre prefecto, encogiéndose de hombros en ademán de vergüenza y de resignación.

—¡Caramba, hombre, eso es atroz! —exclamó el comandante sirviéndose una gran copa de coñac—. Yo no sería autoridad aquí por nada de esta vida.

—Pues yo he renunciado la prefectura cincuenta veces; pero no me admiten la renuncia, y como es lo mismo…

—¿Cómo lo mismo?

—Pues es claro; es lo mismo que haya prefecto como que no lo haya; dirán que tanto da que esté yo como que esté otro, y mientras, aquí me tiene usted limitándome a dar forraje y raciones a las tropas que pasan, sin poder hacer más, sin disponer de un solo guardia, de un solo soldado, de nadie… escondiéndome por la noche, porque de noche quedamos expuestos a todo, sin poder ejercer la vigilancia que tenemos de día, trabajando en nuestros quehaceres, siempre con sobresalto. De manera que no son cuentos los que le referimos a usted; no son invenciones del miedo. Son verdades, y se las dirá a usted todo el mundo.


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