El Zarco. La Navidad en las montanas

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En el instante en que el prefecto acababa de hablar, doña Antonia, cansada de esperar que concluyese la conversación, se hizo anunciar por conducto del secretario de la oficina, diciendo que tenía un negocio muy urgente que comunicar, tanto al prefecto como al comandante.

—Que entre —dijo el prefecto.

Doña Antonia se presento llorando y desesperada.

—¿Qué le pasa a usted, doña Antonia? —preguntó el prefecto con interés.

—¡Qué me ha de pasar, señor prefecto, una gran desgracia!, que mi hija ha sido robada anoche.

—¡Su hija de usted! ¡Manuelita! ¡La muchacha más linda de Yautepec! —dijo el prefecto, dirigiéndose al comandante, que se volvió todo orejas.

—Sí, señor, Manuela, ¡me la han robado!

—¿Y quién, vamos, diga usted?

—¡El Zarco! —exclamó furiosa doña Antonia—, ¡ese gran ladrón y asesino!

—¿Ya ve usted, señor comandante? —dijo el prefecto, sonriendo con malicia—. No anda tan lejos como usted creía; todavía está por aquí robándome muchachas, después de haber robado y asesinado en la Cañada.

—Pero ¿cómo ha sido eso?…, diga usted pronto, señora —dijo el militar, levantándose.


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