El Zarco. La Navidad en las montanas

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—Porque sería lo mismo que sacrificarnos inútilmente —respondió Nicolás—. Mis amigos y yo seremos a todo rigor diez, y los bandidos que podemos encontrar en Xochimancas pasan de quinientos o por lo menos son trescientos; ¿qué podríamos hacer diez contra trescientos? Moriríamos estérilmente. No así yendo la tropa del gobierno, porque tiene más de cien hombres, y además los que iríamos de aquí, que estamos bien armados y que, apoyados en la tropa, serviríamos de algo. Conocemos caminos por los que lograríamos sorprender a los plateados.

—Pero ¿toda esa pelotera y ese empeño por una muchacha? —dijo el comandante, que no se dejaba convencer.

—No, señor —repuso indignado Nicolás—; no sería solamente por la muchacha, porque se lograrían otros fines que son de mayor importancia. Se lograría acabar con esa guarida de malhechores que tiene azorado el distrito; se lograría tal vez matar o coger a los asesinos a quienes persiguió el señor comandante ayer y antier inútilmente; se les quitaría el robo, se les quitaría los demás robos que tienen guardados allí, se libertaría a los hombres que tienen plagiados hace tiempo, y el señor comandante cumpliría con su deber, restableciendo la seguridad en todo este rumbo. Yo creo que hasta el Supremo Gobierno se lo agradecería.


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