El Zarco. La Navidad en las montanas

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Así pues, tan luego como Manuela, enamorada como estaba de otro hombre, creyó conveniente quitarse el velo del disimulo y comenzó a mostrar a Nicolás un desabrimiento que éste conoció al instante, que fue aumentándose de día en día, y que acabó por convertirse en un marcado gesto de repugnancia, Nicolás comenzó por sentirse lastimado profundamente en su orgullo de hombre y de amante, y acabó por experimentar la insoportable amargura de la humillación. Su amor, ya bastante desarraigado por los desaires anteriores, no pudo resistir a la última prueba, y fue desvaneciéndose a gran prisa en su corazón. El afecto de doña Antonia, un vislumbre de esperanza y cierto hábito contraído de ver a la joven todos los días, aun lo retenía débilmente, como lo hemos visto; pero al saber que aquella mujer a quien había creído insensible para él, pero honrada, había huido con el odioso bandido, cuyo nombre era el espanto de aquella comarca, una sorpresa dolorosa primero, y un sentimiento de desprecio después, se apoderaron de su alma.

Después, este desprecio fue tornándose, al considerar la perversión de carácter de Manuela, en un sentimiento de otro género.

Era la repugnancia, pero la repugnancia que inspira la fealdad del alma; y después una viva alegría inundo su corazón.


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