El Zarco. La Navidad en las montanas

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—¡Ojalá que ése fuera el único peligro que corrieras, el de quedarte para vestir santos! —contestó la señora con amargura—; pero lo cierto es que no podemos seguir viviendo así en Yautepec. Éstas no son penas del infierno, efectivamente, y aun creo que se acabarán pronto, pero no favorablemente para nosotras. Mira —añadió bajando la voz con cierto misterio—, me han dicho que desde que los plateados han venido a establecerse en Xochimancas, y que estamos más inundados en este rumbo, han visto muchas veces a algunos de ellos, disfrazados, rondar nuestra calle de noche; que ya saben de que tú estás aquí, aunque no sales ni a misa; que han oído mentar tú nombre entre ellos; que los que son sus amigos aquí, han dicho varias veces: Manuelita ha de parar con los plateados. Un día de estos, Manuelita ha de ir a remanecer en Xochimancas; con otras palabras parecidas. Mis comadres, mis parientes, ya te conté, el señor cura me ha encontrado y me ha dicho: «Doña Antonia, pero ¿en que piensa usted que no ha transportado ya a Manuelita a Cuernavaca o a Cuautla, a alguna hacienda grande? Aquí corre mucho riesgo con los malos. Sáquela usted, señora, sáquela usted, o escóndala debajo de la tierra, porque sino, va usted a tener una pesadumbre un día de estos». Y a cada consejo que me dan, me clavan un puñal en el pecho. Ya verás tú si podemos vivir de este modo aquí.


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