El Zarco. La Navidad en las montanas
El Zarco. La Navidad en las montanas Había suprimido en su alma el miedo, había abrazado con fe su causa, esperando que en ella dejara la vida, y estaba resuelto; pero también había suprimido, entre sus sentimientos, el de la piedad para los bandidos.
Ojo por ojo y diente por diente. Tal era su ley penal.
¿Los plateados eran crueles? Él se proponía serlo también.
¿Los plateados causaban horror? Él se había propuesto causar horror.
La lucha iba a ser espantosa, sin tregua, sin compasión.
¿Quién ganaría? ¡Quién sabe, pero Martín Sánchez se lanzaba a ella con los ojos cerrados y con la espada desnuda y con el pecho acorazado por su sed de venganza y de justicia!
Los bandidos debían temblar. ¡Había aparecido por fin el ángel exterminador!
Para aquellas inmundas aves de rapiña no había más que el águila de la montaña, de pico y de garras de acero.
Martín Sánchez era la indignación social hecha hombre.