El Zarco. La Navidad en las montanas
El Zarco. La Navidad en las montanas Allí, pues, una tarde de otoño, ya declinando el sol, y tres meses después de haberse verificado los sucesos que acabamos de referir, se hallaba delante de la venta una fuerza de caballería formada, y compuesta como de cuarenta hombres.
Estaban éstos uniformados de un modo singular: llevaban chaqueta negra con botones de acero pintados de negro; pantalones negros, con grandes botas fuertes de cuero amarillo, y acicates de acero: sombrero negro de alas muy cortas sin más adorno que una cinta blanca con este letrero: Seguridad Pública. Y en cuanto a las armas, eran: mosquete terciado a la espalda, sable de fuerte empuñadura negra y cubierta de acero. Cada soldado llevaba una canana llena de cartuchos en la cintura. Los caballos magníficos, casi todos de color oscuro, las sillas y todo el equipo de una extrema sencillez y sin ningún adorno. Los ponchos negros, atados a la grupa.
Casi todos estos soldados parecían jóvenes, muy robustos, y tenían un gran aire marcial; pero su uniforme y su equipo les daban un aspecto lúgubre y que infundía pavor. Parecían fantasmas, y en aquella venta de La Calavera, y a aquella hora, en que los objetos iban tomando formas gigantescas, y cerca de aquellos montes solitarios, semejante fila de jinetes, silenciosos y ceñudos, más que tropa, parecía una aparición sepulcral.