El Zarco. La Navidad en las montanas
El Zarco. La Navidad en las montanas Sin embargo, todavía Martín Sánchez estaba muy lejos de llegar a ser el terror de los bandidos y de sus cómplices. Todavía tomaba mil precauciones para sus marchas y sus expediciones, temeroso de ser derrotado; todavía estaba haciendo pininos, como él decía. Ya había colgado a un buen número de plateados, pero ya le habían acusado muchas veces de haber cometido esos abusos para los que no estaba autorizado, pues, como lo hemos dicho, solo tenía facultades para aprehender a los criminales y consignarlos a los jueces. Pero Martín Sánchez había respondido que no colgaba sino a los que morían peleando, y eso lo hacía para escarmiento.
En esto es muy posible que ocultara algo, y que realmente él fusilara a todo bandido que cogía; pero, como se ve, ni había podido desplegar toda su energía ni tenía los elementos necesarios para hacerlo, pues no contaba más que con aquellos cuarenta hombres y con su resolución.
El sujeto que acababa de dirigirle la palabra y que parecía ser un rico hacendado o comerciante, viendo que no venían las personas a quienes esperaban, dijo:
—Pues, don Martín, supuesto que estos señores no aparecen, si usted no dispone otra cosa, seguiremos nuestra marcha, porque se nos hace tarde y no llegaremos a Morelos a buena hora. Además, el cargamento se ha adelantado mucho, y podría ocurrirle algún accidente.