El Zarco. La Navidad en las montanas
El Zarco. La Navidad en las montanas Después de este abrazo volvimos a montar a caballo y continuamos nuestro camino en silencio, porque la emoción nos embargaba la voz.
La oscuridad se había hecho más densa, pero yo veía en el cura, cuyo semblante aún no conocía, algo luminoso; tan cierto es que la simpatía y la admiración se complacen en revestir a la persona simpática y admirada con los atractivos de la Divinidad.
Iba yo repasando en mi memoria los hermosos tipos ideales del buen sacerdote moderno, que conocía sólo en las leyendas, y a los cuales se parecía mi compañero de camino, y no recordaba más que a dos con los cuales tuviera una extraña semejanza. El uno era el virtuoso Vicario de aldea, de Enrique Zschokke, cuyo diario había leído siempre con lágrimas, porque el ilustre escritor suizo ha sabido depositar en él raudales de inmensa ternura y de dulcísima resignación.