El Zarco. La Navidad en las montanas

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—Señor —respondió el maestro de escuela dirigiéndose a mí— ya he dicho a usted que todo lo que sé lo debo al hermano cura; y ahora añadiré, porque es para mí muy grato recordarlo esta noche, que hoy hace justamente tres años… Permítame usted, hermano, que yo lo refiera; se lo ruego a usted —añadió, contestando al cura que le pedía se callase— hoy hace tres años que iba yo a ser víctima del fanatismo religioso. Era yo un infeliz preceptor de un pueblo cercano, que habiendo recibido una educación imperfecta me dediqué, sin embargo, por necesidad, a la enseñanza primaria, recibiendo en cambio una mezquina retribución de doce pesos. Servía yo, además, de notario al cura y de secretario al alcalde, y trabajaba mucho. Pero en las horas de descanso procuraba yo ilustrar mi pobre espíritu con útiles lecturas que me proporcionaba encargando libros o adquiriéndolos de los viajeros que solían pasar, y que, mirando mi afición, me regalaban alguno que traían por casualidad. De este modo pasé catorce años; y como es natural, a fuerza de perseverancia llegué a reunir algunos conocimientos, que por imperfectos que fuesen me hicieron superior a los vecinos del lugar, que me escuchaban siempre con atención y a veces con simpatía y participando de mis opiniones. Entonces acertó a llegar de cura a este pueblo, sustituyendo al antiguo que había muerto, un clérigo codicioso y de carácter terrible. Comenzó a resucitar costumbres que iban olvidándose y a imponer gabelas que no existían; todo, por supuesto; invocando la religión. Trató desde luego de ponerme bajo su inspección; desaprobó mi método de enseñanza; me ordenó suspender las clases de lectura, escritura, geografía y gramática que había establecido, reduciéndome a enseñar sólo la doctrina, y acabó por querer también asesorar a la autoridad municipal en todos sus asuntos, pero en su propio interés, y tanto que, con motivo de las nuevas leyes dadas por el gobierno liberal, predicó la desobediencia y aun se puso de acuerdo con las partidas de rebeldes que por ese rumbo aparecieron luchando contra la Constitución. Yo entonces creí conveniente advertir a la autoridad el peligro que había en escuchar las sugestiones del cura, y me manifesté opuesto a sujetarme a sus órdenes en cuanto a la enseñanza de mis niños. Por otra parte, como él inventaba fiestecitas y sacaba a luz nuevos santos con objeto de aprovecharse de los donativos que por diversos motivos adquiría además, pues no administraba los sacramentos sin recibir en cambio reses, semillas o dinero, yo, inspirado de un sentimiento de rectitud, me manifesté disgustado y hablé sobre ello a los vecinos. Pero el cura había trabajado con habilidad en la conciencia de esos infelices, y haciendo mérito de varias opiniones más opuestas al fanatismo y a la idolatría que reinaban de antemano allí, me presentó como un hereje, como un maldito de Dios y como un hombre abominable. Yo nada pude hacer para contrarrestar aquella hostilidad; las autoridades no me sostenían, subyugadas por el cura como lo estaban, y me resigné a los peligros que me traía mi independencia de carácter. No aguardé mucho tiempo. Al llegar la Nochebuena de hace tres años, el pueblo, embriagado y excitado por un sermón del cura, se dirigió a mi casa, me sacó de ella y me llevó a una barranca cercana a esta población para matarme. ¡Figúrese usted la aflicción de mi mujer y de mis hijos! Pero el más grandecito de ellos, iluminado por una idea feliz, corrió a este pueblo, donde hacía poco había llegado el hermano cura aquí presente y que me había dado muestras de amistad las diversas veces que había ido a ver mi escuela. Mi hijo le avisó del peligro que yo corría, y no se necesitó más; vino a salvarme. En manos de aquellos furiosos caminaba yo maniatado, y ya había llegado a la barranca, con el corazón presa de una angustia espantosa, por mi familia; ya aquellos hombres, ebrios y engañados, se precipitaban a darme la muerte por hereje y maldito, cuando se detuvieron llenos de un terror y de un respeto sólo comparables a su ferocidad. Iba a amanecer, y la indecisa luz de la madrugada alumbraba aquel cuadro de muerte, cuando de súbito se apareció en lo alto de una pequeña colina cercana un sacerdote, vestido de negro, que hacía señas y que se acercaba al grupo apresuradamente. Seguíanle este mismo señor alcalde, que entonces lo era también, y un gran grupo de vecinos. El hermano cura llegó, se encaró con mis verdugos y les preguntó por qué iban a matarme.


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