El Zarco. La Navidad en las montanas
El Zarco. La Navidad en las montanas »—Por hereje, señor cura —le respondieron—. Este hombre no cree en Dios, ni es cristiano, ni va a misa, ni respeta nuestros santos, y es enemigo del padrecito de nuestro pueblo y éste nos ha dicho que era bueno que lo matáramos, para quitarnos este diablo de la población que se está salando con su presencia.
»Ya supondrá usted, capitán, lo que el hermano cura les dirÃa. Su voz indignada, pero tranquila, resonaba en aquel momento como una voz del cielo. Les echó en cara su crimen; los humilló; los hizo temblar; los convenció, y los obligó a ponerse de rodillas para pedir perdón por su delito. Yo creo que temÃan que un rayo los redujera a cenizas. Se apresuraron a desatarme; me entregaron libre al cura, quien me abrazó llorando de emoción; vinieron a suplicarme que los perdonara y en ese momento apareció mi infeliz mujer, jadeando de fatiga, gritando y mostrando en sus brazos a mi hijo más pequeño, implorando piedad para mÃ. Al verme libre; al ver a un cura, a quien reconoció desde luego, lo comprendió todo; corrió a mis brazos y, no pudiendo más, perdió el sentido. Aquella gente estaba atónita; el hermano cura, que habÃa recibido en sus brazos a mi pequeña criatura, lloraba en silencio, y todo el mundo se habÃa arrodillado. En ese momento salió el sol, y parecÃa que Dios fijaba en nosotros su mirada inmensa.