El Zarco. La Navidad en las montanas

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»¡Ah, señor capitán! ¡Cómo olvidar semejante noche! La tengo grabada en el alma de una manera constante; y si alguna vez he creído ver la sublime imagen de Jesucristo sobre la tierra, ha sido ésa, en que el hermano cura me salvó a mí de la muerte; a toda una familia infeliz, de la orfandad, y a aquellos desgraciados fanáticos, del infierno de los remordimientos.»

—Y nosotros —dijo el alcalde, llorando con una voz conmovida, pero resuelta, y dirigiéndose al concurso que escuchaba enternecido— nosotros allí mismo hemos jurado no permitir jamás, aun a costa de nuestras vidas, que se mate a nadie; no digo a un inocente, pero ni a un criminal, ni a un salteador, ni a un asesino. El hermano cura nos convenció de que los hombres no tenemos derecho de privar de la vida a ninguno de nuestros semejantes; de manera que si la ley manda ajusticiar a alguno por sus delitos, que ella lo haga, pero fuera de nuestro pueblo, porque el pueblo se mancharía; y para no vernos en esa vergüenza y en ese conflicto, lo que tenemos que hacer es ser honrados siempre.

—¡Siempre!, ¡siempre! —resonó por todas partes, pronunciado hasta por la voz de los niños.

El cura me apretaba la mano fuertemente, y yo besé la suya, que regué con unas lágrimas que hacía años no había podido derramar.


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