El marciano
El marciano Cada tornillo, cada cálculo, cada ajuste es un paso hacia una última oportunidad.
—Si muero, será haciendo lo que amo: resolver problemas imposibles con cinta americana, ingenierÃa y terquedad —dice, mientras arranca el motor modificado del rover.
El ingeniero del abismo se lanza a su travesÃa final. Marte lo observa, impasible.
El tiempo se convierte en enemigo. Cada sol lo acerca más al colapso fÃsico, mental y técnico. El viaje hacia el cráter Schiaparelli es brutal: más de 3,000 kilómetros de desierto marciano, con un vehÃculo diseñado para excursiones cortas. Watney no solo enfrenta al terreno, sino al peso abrumador de la soledad.
—Me estoy volviendo loco. Estoy hablando con una pelota de voleibol imaginaria. Y no es tan buena conversadora como esperaba —dice, antes de estallar en una risa que no encaja del todo con su mirada vacÃa.
A cada dÃa que pasa, sus recursos se agotan: los filtros de COâ‚‚, las baterÃas, su paciencia. Modifica el rover una y otra vez, adaptándolo para recorrer más distancia, recolectar más energÃa solar, sobrevivir más noches heladas. Duerme en una caja de metal, alimentado por patatas secas, aferrado a sus cálculos.
