Bushido, el código samurai
Bushido, el código samurai No se trata de una perversión de las mentes orientales, que en cuanto sentimos nuestras emociones tratamos de sellar nuestros labios para esconderlas. Para nosotros, hablar es a menudo, como lo define un francés, «el arte de ocultar el pensamiento»[260].
Si alguien acude a un amigo japonés en un momento de gran aflicción, invariablemente nos recibirá con una sonrisa, aunque tenga los ojos rojos o las mejillas húmedas. Al principio se podría pensar que está histérico. Al presionarle para que se explique, obtendréis tópicos quebrados del tipo: «La vida conlleva penas»; «Los que se encuentran deben separarse»; «El que nace debe morir»; «Es absurdo contar los años de un hijo que se fue, pero el corazón de una mujer se entregará a la insensatez» y demás. Así que las palabras nobles de un noble Hohenzollern[261] —Lerne zu leiden ohne klagen— encontraron una amplia respuesta entre nosotros, mucho antes de que se pronunciaran[262].
De hecho, los japoneses han recurrido a la risibilidad siempre que las debilidades de la naturaleza humana les han puesto pruebas duras. Creo que tenemos una razón mejor que el propio Demócrito[263] para nuestra propensión abderana[264], ya que para nosotros reírse a menudo oculta un esfuerzo por recuperar el equilibrio del carácter cuando se ve perturbado por cualquier circunstancia adversa. Es un contrapeso del dolor o la ira.