Cuentos Chinos

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«Un fiel criado no puede servir a dos señores. Una buena mujer no se casa en segundas nupcias. Si me ocurriera esa desgracia, yo no volvería a pertenecer a ningún hombre».

Luego la mujer tuvo un enfado tan grande que empezó a llorar: «Nosotras, las mujeres, somos más fieles que los hombres. ¡Hombre sin corazón! La primera mujer se te murió; a la segunda la repudiaste y luego me esposaste a mí. Y encima piensas que las mujeres son las que se comportan así. Ni siquiera estás muerto ¿Cómo puedes restregarle a otro tus propias bajezas?».

Mientras pronunciaba estas palabras le arrancó a Dschuang Dsi el abanico de seda de las manos y lo rasgó en mil pedacitos.

«Queridita —le dijo Dschuang Dsi—, si realmente te afecta tanto, lo único que puedo hacer es pensar que es correcto. ¿Por qué te enfadas tanto?».

Y así terminó la conversación.

Unos días más tarde, Dschuang Dsi enfermó de repente y día a día iba empeorando. Le fue a hablar a su mujer entre lágrimas: «Lo mío es malo —le dijo—, me puedo morir en cualquier momento. ¡Qué pena que rompieras el abanico de seda!, si lo tuvieras todavía podrías abanicar mi tumba».


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