Cuentos Chinos

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Oerlang bajó al valle para coger agua y tardó mucho tiempo en volver. Cuando llegó no encontró ya a su madre. La buscó cuidadosamente, y encontró entre las piedras su piel, sus huesos y algunas huellas de sangre. En aquel tiempo había diez soles en el cielo, que brillaban y ardían como el fuego. La hija del cielo también era de la estirpe de los dioses; pero como había caído y pecado con el nacimiento de su hijo, había perdido sus poderes mágicos. Además había permanecido tanto tiempo en la oscuridad de la montaña, que cuando salió repentinamente a la luz solar, la hirió su brillo cegador.

A Oerlang se le partía el corazón pensando en el triste fin que había tenido su madre. Se cargó dos montañas a la espalda y persiguió a los soles, a los que destruía comprimiéndolos entre las montañas. En cuanto había comprimido la esfera de un sol con una montaña, cogía otra nueva, de forma que ya había dado muerte a nueve de los diez soles. Sólo quedaba uno. Como Oerlang le perseguía incansablemente, se escondió, obligado por la desgracia, bajo las hojas de una verdolaga. Oerlang le buscó en vano. Había una lombriz en las cercanías, que descubrió su escondrijo y que decía sin parar: «¡Está ahí!, ¡está ahí!».



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