Cuentos Chinos
Cuentos Chinos A los pies de la montaña del caballo hay una aldea; allí vivía un campesino que se ganaba la vida con el comercio del grano. Cada cinco días iba al mercado, que se encontraba en una llanura al este de la aldea. El mercado estaba aproximadamente a una legua de la aldea, separado de ella por un desfiladero.
Un día regresó a casa un poco bebido del mercado. Iba montado en su muía y cuando llegaba justo al desfiladero, vio de repente a un monstruo sentado junto al arroyo. Su enorme rostro era azul y tenía los ojos salidos de la cabeza, como los cangrejos. Los ojos brillaban con un brillo de fuego. La boca se abría extendiéndose entre ambas orejas y parecía un recipiente lleno de sangre. Dentro estaban colocados, sin orden ni concierto, los dientes, de unas dos o tres pulgadas. Estaba en cuclillas al borde del arroyo; se acababa de agachar y sorbía agua. Se oía claramente el borboteo del agua.
El campesino sintió un enorme pánico. Por suerte, el monstruo aún no le había visto. Se dio media vuelta y se fue por el camino más largo, que rodea la parte norte del desfiladero. Este camino era un poco más ancho. La gente del pueblo pasaba por allí cuando iba con carros. El campesino azuzó a su muía y galopó tan rápido como pudo.
Pero justo al doblar el ángulo oyó a alguien que le llamaba: «¡Vecino, espérame!».
