Cuentos Chinos

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«Es tan salvaje e incontrolable —fue la respuesta— que me temo que pudiera tener lugar una desgracia. El diluvio que antiguamente, en tiempo del emperador Yau, duró nueve años sobre la tierra fue provocado por su enfado. A causa de no estar de acuerdo con un príncipe del cielo, provocó el diluvio que llegó hasta la cima de las cinco grandes montañas. Entonces el señor se enfadó con él y me lo trajo para que velara por él. Tuve que encadenarlo a las columnas del palacio».

Pero aún no había terminado de explicarlo, cuando se oyó un estruendo repentino que rasgaba el cielo y que hacía temblar la tierra e hizo tambalearse el palacio, al tiempo que se dibujaban inquietantes nubes de humo. Un dragón rojo de mil pies de estatura, de ojos centelleantes, lengua roja como la sangre, escamas escarlatas y barba de fuego, se dirigía hacia allí.

Las columnas a las que había estado encadenado, las arrastraba junto con la cadena. Los truenos y relámpagos retumbaban en su cuerpo. Los candados, la nieve, la lluvia y el granizo formaban un torbellino. Se oyó un trueno y se echó a volar, desapareciendo.

Liu I cayó a tierra asustado. El rey le ayudó él mismo a levantarse y le dijo: «¡No tengas miedo! Ése es mi hermano, que se dirige rápidamente a Ging Dschou, presa de la ira. Pronto tendremos buenas noticias».


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