Cuentos Chinos
Cuentos Chinos El rey le dijo entre lágrimas a Liu I: «Mi hija os está profundamente agradecida y no hemos tenido ocasión de devolveros la obligación contraída. Marchaos ahora, nos duele de corazón que os marchéis».
Luego la princesa le dio las gracias. Estaba de pie delante de él, colorada, le hizo una inclinación y le dijo: «¡Probablemente no volvamos a vernos!», y se le quebró la voz en un sollozo.
Liu I había rechazado las precipitadas requisiciones del tío, pero cuando vio a la princesa, toda encanto, de pie ante él, lo sintió en el alma; se puso violento y se marchó. Los tesoros que había recibido eran tantos que no se podían contar. El propio rey y su hermano le escoltaron hasta el río.
Cuando llegó a su hogar, vendió una centésima parte de lo que había recibido y su hacienda se contaba en millones y fue más rico de todos sus vecinos. Se casó en dos ocasiones y ambas mujeres murieron poco tiempo después. Así que vivía solo en la capital. Buscó una nueva esposa. Una casamentera vino a verle y le dijo que en el norte había una viuda que vivía con su hija. El padre se había hecho taoísta años atrás y había ascendido al cielo, perdiéndose entre las nubes sin volver jamás. La madre vivía, pues, con su hija pobremente, pero como la muchacha era tan extraordinariamente hermosa, buscaba un yerno pudiente.