Cuentos Chinos

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Pero el otro no quiso oír nada y le llevó ante el juez. El juez reconoció al médico por su sabiduría y supo por él lo que había ocurrido. Le devolvió su libertad. Pero el otro hombre no estaba contento y armó un gran jaleo. Los esbirros no podían con él. Entonces el médico le roció con una poción mágica y cayó inmediatamente muerto al suelo. Examinaron su cuerpo, vieron que estaba cosido y cuando el juez lo estudió, efectivamente estaban allí el corazón y el vientre del perro. El médico dijo sollozando: «Sólo siento haber matado al perro y tener que cargar con una culpa más».

Un inmortal le dijo una vez: «Tú has hecho un gran servicio a los enfermos con tu ayuda. Pero en tus recetas utilizas muchos animales muertos. Matar a los animales es un pecado.

Por eso sólo alcanzarás la inmortalidad cuando te hayas separado de tu cuerpo. No se te dejará seguir viviendo con un cuerpo mortal».

Desde entonces el médico sólo empleó plantas y hierbas para curar a los enfermos.

Al final pareció ponerse enfermo y murió. La expresión de su rostro no se transformó con la muerte. Cuando llevaban su cuerpo en el ataúd, lo único que quedó fueron las vestiduras, lo mismo que si se tratara de la envoltura vacía de una cigarra.


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