Cuentos Chinos
Cuentos Chinos «Ocurrió algo muy inquietante —respondió el patrón—, y mi madre, que tiene mucho trabajo en la casa, volvió al hogar y cayó postrada por unas fiebres. Estuvo un día y una noche sin sentido; casi no se sentía su respiración. Volvió en sí, precisamente el mismo día en que se recibió la noticia de la muerte del señor Wang. Ella contó lo siguiente: “He descendido al mundo inferior y allí lo encontré. Tenía cadenas en el cuello y varios demonios se lo llevaban a rastras. Yo le pregunté qué había hecho. Él me respondió: ‘Ahora no tengo tiempo de contártelo. Cuando vuelvas pregúntale a mi segunda esposa, así lo sabrás todo’. Mi madre fue entonces a verla ayer e hizo sus averiguaciones. Entre lágrimas le contó la mujer: “Nuestro señor fue durante mucho tiempo un funcionario, pero no volvió”. En Nanking era el responsable del grano; también había allí un oficial de alto cargo con el que nuestro señor tenía una gran confianza. Incluso se habían juramentado en una hermandad. Por entonces vino una vez a nuestra casa y ambos bebieron y hablaron. Un día le preguntó a nuestro señor: “Nosotros, los funcionarios de la administración, tenemos una gran riqueza y también una buena paga. Tú eres oficial, ya estás en el segundo nivel, pero tus bienes son tan escasos que no es posible que puedas vivir con eso. ¿Tienes otros ingresos?”. El oficial le replicó: “Nos entendemos tan bien que puedo hablarte abiertamente. Nosotros, los oficiales, estamos obligados a buscarnos otros ingresos adicionales para llenarnos un poco los bolsillos. Junto a la paga tenemos algunas pequeñas ganancias; también añadimos más soldados en la lista de los que realmente son. Si quisiéramos vivir sólo de nuestro salario, nos moriríamos de hambre”. Cuando nuestro hombre hubo escuchado estas palabras, no podía dejar de pensar que, al cubrir este tipo de intrigas criminales, hacía un flaco servicio al Estado y de que sus ganancias seguramente serían perjudiciales. Por otro lado, también pensaba que no era justo traicionar la confianza de su amigo. Mientras iba pensando, se internó en las habitaciones interiores. En el patio había un pabellón circular. Sumido en profundos pensamientos, puso las manos en la espalda y empezó a dar la vuelta alrededor del pabellón. Finalmente dio una patada al suelo y dijo con un sollozo. “Cada uno es el más próximo a sí mismo; sacrifico al amigo”. Después escribió un informe en el que delataba al oficial. Hubo una orden imperial. Se examinó el asunto y se condenó a muerte al oficial. Nuestro hombre, por el contrario, fue ascendido de rango inmediatamente y desde entonces sigue ascendiendo con rapidez. Nadie conoce el asunto aparte de mí. Pero cuando mi madre contó su encuentro en el mundo inferior, toda la familia empezó a llorar. Hicieron venir cuatro tiendas de budistas y de taoístas, que deben ayunar y decir misa durante treinta y cinco días, para salvarle. Se han quemado montañas de billetes, seda y muñecas de paja. Todavía no se han terminado los festejos”».