Cuentos Chinos

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Dung lo siguió encantado. El posadero le sirvió con gran cuidado e hizo que no le faltaran ni comida ni bebida.

A las doce de la noche se presentó el espíritu. Sin haber abierto la puerta, se encontró de pie junto a la cama, le dio la mano y le preguntó cómo le había ido en el tiempo en que no se habían visto.

Dung le respondió a todo y le dio las gracias por habérsele aparecido al posadero en sueños.

Se quedó a vivir algunos días allí. A diario iba a pasear a la Gran Montaña y por las noches venía su amigo a hablar con él. En el curso de la conversación le preguntó entre otras cosas cómo le iba a aquel señor Wang.

«Ya se ha pronunciado su juicio —le contestó el otro—. Ese hombre ha pecado conscientemente y ha llevado traidoramente a su amigo a la muerte. No hay un pecado mayor a éste. Como castigo, volverá a la vida convertido en un animal». Después siguió diciéndole: «Ahora, cuando vuelvas a casa, tienes que cuidarte de tu salud. El destino te ha concedido setenta y ocho años de vida. Cuando se haya cumplido el tiempo, yo iré a buscarte en persona. Te procuraré un puesto de esbirro en el mundo inferior. Así podremos estar siempre juntos».

Cuando hubo terminado de hablar, desapareció.


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