Cuentos Chinos

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Aquel momento era desagradable para Go Schu Han. No podía seguir mirando; por eso cogió una espada, la arrojó en la dirección en la que ellos estaban y gritó con fuerte voz: «¡Agarra al diablo!».

El demonio se asustó y se marchó. El otro se aprovechó de su miedo, volvió a levantar su espada y lo persiguió. Se escaparon dirigiéndose hasta la parte sudeste del jardín, donde subieron por el muro y desaparecieron. Uno se quedó atrás y a éste le cortó un dedo; era tan grueso como un brazo, cubierto de un vello tupido, y de él caían gruesas gotas de sangre.

Cuando los criados oyeron el jaleo, se apresuraron a acudir y preguntaron lo que ocurría. Go Schu Han Ies ordenó que recogieran los restos de los huesos de su esposa. Pero en el lugar de la desagradable comida no se veía nada. Entraron en la habitación y allí estaba el ataúd intacto, como antes. Los criados pensaron que su amo lo había soñado; pero encontraron sangre en el muro y también huellas. Nadie pudo explicarse lo que significaba aquello, pero un par de años más tarde Go Schu Han era efectivamente conocido.



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