Cuentos Chinos

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Ella carraspeaba indicándole algo; él hizo como si no oyera nada. Al final le dio una patada por debajo de la mesa, y entonces él se acordó de todo.

Todavía no había comido la mitad y dijo: «¡Estoy lleno!».

Y se marchó con su esposa.

«Éste es un mal asunto —le dijo la mujer—. No me has hecho caso y ahora seguro que vas a morir».

Él no lo creía hasta que empezó a sentir fuertes dolores en el vientre, que pronto se volvieron insoportables, hasta el punto de caer al suelo sin conocimiento. Su mujer se dio prisa en colgarle con los pies hacia arriba y la cabeza hacia abajo de la viga de la techumbre de la habitación, y colocó un calentador con carbones ardientes bajo su vientre y junto al fuego, justo debajo de su boca, un gran recipiente con agua en el que había vertido aceite de sésamo. Cuando el fuego le había calentado suficientemente el cuerpo, se oyó en su interior un ruido como de un trueno, abrió la boca y empezó a vomitar violentamente. ¡Lo que pudo salir! Había gusanos venenosos mezclados con ciempiés, escuerzos y renacuajos, que cayeron a la vasija con agua. Ella lo desató, lo llevó a la cama y le dio a beber vino con realgar[90]. Él se sintió mejor.


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