Cuentos Chinos
Cuentos Chinos El hombre se lo aprendió bien y se fue. Y, ciertamente, allí estaba el nido del ave, tan grande como un pabellón circular. Él sujetó la hoz al palo y golpeó con todas sus fuerzas para hacerlo caer. Dejó el palo en el suelo, no miró y se puso a correr. De repente oyó el ruido de un trueno que se alzaba sobre su cabeza. Cuando levantó la vista, vio a un enorme dragón que medía muchas brazas de la cola a la cabeza y unos diez pies de envergadura. Sus ojos brillaban como dos antorchas y por la boca echaba llamaradas de fuego; lanzó dos llamaradas buscando hacia el suelo y entonces el hombre se dio prisa en tirar los panes. El dragón los cogió y pasó un rato hasta que se los hubo comido. Pero apenas se había alejado unos pasos de él, cuando el dragón ya lo seguía al vuelo. Volvió a arrojarle los panes, y en cuanto se los hubo comido, vació la cesta y los huevos rodaron por la tierra. El dragón todavía no había calmado su apetito y continuó su venganza, hambriento. Pero en cuanto vio los huevos, dejó de perseguirle, y como los huevos rodaban en todas direcciones, tardó un cierto tiempo en comérselos todos. Mientras tanto, el hombre pudo llegar a casa.
Al entrar en la habitación y ver a su mujer, le dijo sollozando: «Me he escapado por los pelos de no estar en la barriga del gusano. Si esto continúa así, me voy a morir».
«¿De dónde eres?», le preguntó la mujer.