Cuentos Chinos

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Quién iba a pensar que se diera la feliz casualidad de que también entonces el señor Hü, el funcionario de comercio de la provincia, iba a tomar posesión de su puesto y también llegó a aquel sitio. También él estaba sentado con su mujer en el camarote con la ventana abierta, disfrutando del frescor y de la luz de la luna.

Oyeron a alguien que lloraba en la orilla. Era una muchacha. Se dieron prisa en enviar a gente para que la ayudaran. La subieron a bordo. Era Hijita de Oro.

Cuando cayó al agua, sintió que algo la sujetaba bajo los pies, de forma que no se hundió. La corriente la había arrastrado a la orilla. Subió a rastras. Luego se acordó de que su marido había olvidado su antigua pobreza al alcanzar distinciones.

Y aunque no se había ahogado, estaba sola y abandonada y se puso a llorar sin poder evitarlo.

Cuando el señor Hü le preguntó qué le ocurría, ella le contó llorando toda la historia. El señor Hü le levantó el ánimo: «Ahora tienes que dejar de llorar —le dijo—. Si quieres ser mi hija adoptiva, nosotros cuidaremos de ti». Hijita de Oro asintió, agradecida. La señora Hü ordenó a las criadas que le dieran otras ropas a cambio de las mojadas y que le prepararan un sitio donde dormir. A las sirvientas Ies ordenaron que la llamaran señorita y que no le dijeran a nadie una palabra del accidente.


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