Cuentos Chinos

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Él le dijo: «Hace más de un año que has muerto. ¿No estás en el mundo inferior?».

«No —le respondió ella—. Éste es un lugar de bienaventurados. No he muerto de verdad. Lo que enterrasteis no era más que un madero. Ahora has venido aquí y tienes que tomar parte en la bienaventuranza».

Y así le condujo a ver a su padre. Era un hombre de una larga barba. El joven se adelantó para saludarle y Margarita dijo: «Ha llegado mi marido».

El anciano se alzó asustado, movió la mano y le saludó someramente. Margarita dijo: «Es bueno que haya venido; tenemos que hacer que se quede aquí», pero el joven dijo que su madre le iba a echar de menos y que no podía quedarse mucho tiempo.

El anciano le dijo: «Ya lo sé, pero si llegas unos días más tarde no pasa nada». Entonces le ofreció comida y vino y ordenó a la muchacha que le preparara una cama en el cuarto de al lado. Cuando se marchó, él quería tomar a su mujer. Ella se negó y le dijo: «Éste no es lugar para esos cariños», pero él la cogió del brazo y no volvió a soltarla. A través de la ventana se oía la risa reprimida de la doncella. Margarita se avergonzó todavía más. Mientras se estaban peleando entró el anciano y le dijo: «¡Gusano, si ensucias mi hogar, tendrás que marcharte!».


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