Cuentos Chinos

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Yüo Dschung vivió soltero unos diez años. No era difícil de contentar para los que le rodeaban. Bebía con muchachos y con jugadores de ajedrez y cuando un vecino le pedía algo, nunca sabía decir que no. Si uno decía: «Mi hija no tiene calderos para su ajuar», se marchaba volando a su hogar y le daba los suyos. Y él cogía uno prestado a la vecindad para cocinar. Todos los pillos sabían cómo era y, tarde o temprano, le engañaban. Una vez, uno había perdido en el juego y no tenía dinero para pagar, entonces vino a verle con la cara descompuesta y se quejaba diciéndole que estaba en gran necesidad y que se veía obligado a vender a su hijo. Yüo Dschung había ahorrado dinero para pagar los impuestos, dio la vuelta a sus bolsillos y se lo dio. No mucho tiempo más tarde vino el recaudador de impuestos a su casa y él tuvo que empezar a empeñar sus bienes. Así fue perdiendo poco a poco todas sus posesiones. Antes, mientras vivía desahogadamente, sus primos y parientes hacían apuestas para poder servirle de ayuda y él no decía nada cuando ocasionalmente se llevaban algún objeto de menaje de su casa. Pero desde que había perdido sus bienes, pocos siguieron siéndole fieles. Por suerte, todas estas cosas no le preocupaban.




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