Cuentos Chinos
Cuentos Chinos Un día de verano, cuando buscaba el fresco con otros monos de la isla, entraron en un valle a bañarse. Vieron una cascada que caía de unos altos riscos. Los monos se dijeron unos a otros: «El que pueda saltar al agua sin que le ocurra nada, será nuestro rey». El mono de piedra dio un salto de alegría y dijo: «Yo me tiro». Cerró los ojos, se inclinó y saltó a la espuma rugiente. Cuando volvió a abrir los ojos, vio un puesto de hielo que estaba separado del mundo de fuera por el agua de la cascada que servía de cortina. El puente conducía a un castillo en la cueva que era confortable y estaba limpio. A la entrada había una inscripción sobre piedra que decía: «Éste es el cielo de la caverna, tras la cortina de agua en la montaña de la montaña bienaventurada de las Flores y de los Frutos». El mono, encantado, volvió a saltar al agua y contó a los otros monos lo que había encontrado. Escucharon encantados la noticia y le pidieron al mono de piedra que los llevara allí. Toda la banda saltó al agua hacia el puente de hielo; entraron en el castillo de la gruta, donde encontraron ollas y peroles, tazas y fuentes en gran número. Pero todo era de piedra. Los otros tenían ahora al mono de piedra como rey y le llamaron el bello rey mono. Distribuyó entre los macacos, papiones y otros tipos de monos los cargos de funcionario y consejeros, sirvientes y ayudantes, y vivieron una vida feliz en la montaña. Por la noche dormían en su castillo, se mantenían alejados de los pájaros y de los animales, y el rey gozaba de una alegría ininterrumpida. Así pasaron más de trescientos años. Un día en que el rey de los monos estaba compartiendo una alegre comida con sus monos, empezó a llorar de repente. Los monos, asustados, le preguntaron por qué se sentía triste en medio de tanta alegría. El rey contestó: «Es cierto que estamos a salvo de las leyes y de los derechos de los hombres, cierto que los pájaros y los animales no se atreven a hacernos nada, pero nos vamos volviendo viejos y débiles y un día llegará la hora en que la vieja muerte nos llevará. Ahora ha llegado ese momento y no podemos seguir sobre la tierra». Cuando los monos le oyeron decir estas palabras, se torcieron sus rostros y se echaron a llorar. Un viejo mono se puso delante de ellos, sus brazos estaban tan fláccidos que podía alargar uno con el otro. Él les habló en voz alta: «Rey, el hecho de que hayáis llegado a esa conclusión indica que en vos ha nacido la búsqueda de la verdad. Entre todos los seres vivientes sólo hay tres clases a las que se Ies ahorra el poder de la muerte: los budas, los espíritus bienaventurados y los dioses. El que alcanza uno de esos tres estados, no vuelve al círculo de las reencarnaciones y sigue viviendo indefinidamente como en el cielo». El rey mono le contestó: «Y ¿dónde viven esas tres clases?». El viejo mono le respondió: «Viven en cavernas y en montañas sagradas en el gran mundo de los hombres». El rey se puso contento cuando lo oyó y explicó a sus monos que se iba a ir a buscar a los espíritus santos y a los dioses para que le mostraran el camino que conduce a la inmortalidad. Los monos trajeron a rastras melocotones, otras frutas y vino dulce para celebrar la comida de despedida y se embriagaron de nuevo según las ganas de cada uno.