Cuentos Chinos
Cuentos Chinos Al día siguiente, el bello rey mono se levantó tempranísimo, se hizo una buena balsa con madera de viejos pinos y cogió un palo de bambú para remar. Subió completamente solo a la balsa y remó hacia el Gran Mar. El viento y las olas eran favorables y llegó a Asia. Allí desembarcó. En la orilla encontró a un hombre que pescaba. Se dirigió hacia él, le golpeó tirándole al suelo, le quitó los vestidos y se los puso él. Entonces se puso a andar y visitó los lugares conocidos, fue a los mercados que crecían con profusión en las ciudades, se instruyó en las reglas del comportamiento, aprendió a hablar y se comportaba como un hombre culto. Su corazón le indicaba que preguntara por las enseñanzas de Buda, de los santos y de los dioses sagrados, pero la gente de aquel país sólo daba importancia al honor y a las riquezas. Ninguno de ellos podía preocuparse de la vida. Entonces se fue de un lado a otro y sin darse cuenta, pasaron nueve años. Al cabo de ellos llegó a la arena del mar del Oeste, y se le ocurrió que al otro lado del mar seguro que habría dioses y santos. Así que volvió a construirse una balsa, atravesó el mar del Oeste y llegó a los países occidentales. Dejó que la balsa siguiera flotando y se bajó en la orilla. Había pasado muchos días buscando cuando, de repente, vio una gran montaña con valles profundos y llenos de calma. El rey mono subió a la montaña y oyó a un hombre que estaba en el bosque cantando, y la canción sonaba como una melodía de los espíritus sagrados. Se apresuró a entrar en el bosque para ver quién era. Se encontró con un leñador que estaba trabajando. El rey mono se inclinó delante de él y le dijo: «Poderoso, divino maestro, me arrodillo ante vos para rogaros». El leñador le dijo: «Yo sólo soy un simple trabajador. ¿Por qué me llamas maestro divino?». «Si no eres un dios —le respondió el rey de los monos—, ¿de dónde viene esa canción divina?». El labrador le respondió riendo: «Conoces bien la música. Es verdad que he cantado una canción que me ha enseñado un santo». «Si eres amigo de un santo —le dijo el rey mono—, seguro que él no vive muy lejos de aquí. ¡Te ruego que me muestres el camino que lleva a su morada!». El leñador repuso: «¡No está lejos, no está lejos! Esta montaña se llama la montaña del corazón. Dentro hay una cueva en la que vive un santo que se llama el Desconocido. Un número enorme de sus discípulos ha alcanzado las bienaventuranzas. Hay treinta o cuarenta discípulos que viven todavía en torno a él. Lo único que tienes que hacer es tomar el camino que sigue hacia el sur, no puedes dejar de encontrar su casa». El rey mono le dio las gracias al leñador y llegó a la cueva que éste le había descrito. La puerta estaba cerrada y no se atrevió a llamar, así que saltó a un pino y cogió piñas para comerse sus piñones. No mucho más tarde vino uno de los discípulos del santo, abrió la puerta y dijo: «¿Qué animal es ese que arma tanto ruido?». El rey mono saltó del árbol, se inclinó y respondió: «Vengo a aprender la verdad. No me he atrevido a hacer ruido». Entonces el joven no tuvo más remedio que echarse a reír y responder: «Nuestro maestro estaba sumido en sus pensamientos. El que Busca la Verdad me dijo que condujera al que esperaba fuera y realmente había alguien. ¡Bueno, puedes venir conmigo!». El rey mono se colocó correctamente el traje, enderezó su sombrero y entró. Un largo pasillo conducía a maravillosos edificios y a escondidas y calmas cabañas hasta llegar al sitio en que el maestro comía erguido en un sitial de mármol blanco. A su derecha y a su izquierda había jóvenes dispuestos a servirle. El rey mono se arrojó al suelo y le saludó humildemente. Respondió a la pregunta del maestro contando cómo le había encontrado. Y cuando le preguntó cómo se llamaba, le respondió: «No tengo nombre, soy un mono nacido de una piedra». El maestro le dijo: «Pues yo te daré un nombre. Te llamaré Sun Wu Kung». El rey mono le dio las gracias contentísimo, y a partir de entonces se llamó Sun Wu Kung. El maestro ordenó a los más antiguos discípulos que instruyeran a Sun Wu Kung en la limpieza y el barrer, en el entrar y en el salir, en comportarse bien, en cavar los campos y regar el jardín. Un poco más tarde aprendió a escribir, a quemar incienso y a leer los sutras. Pasaron seis o siete años.