Cuentos Chinos
Cuentos Chinos Érase que se era un hombre llamado Wang, hijo de una antigua familia que daba un gran valor al hecho de aprender las enseñanzas del taoísmo en la juventud. Él había oído que en Lauschan habían vivido muchos inmortales, así que se echó al hombro su cesto de libros y se marchó andando en dirección a aquella ciudad.
Desde una cumbre que había ascendido, vio un templo singular. Un taoísta estaba sentado en un cojín de paja redondo, sus largos cabellos le pendían sobre las mejillas.
Le hizo una reverencia y empezó a hablar con él. Sus enseñanzas le conmovieron profundamente y con un sentido de misterio, por eso le rogó que lo tomara como discípulo.
El taoísta le contestó: «Me temo que seas demasiado tierno y femenino para el trabajo duro».
Él, sin embargo, le replicó que era muy capaz de hacerlo.
Los discípulos del anciano eran muy numerosos. Cuando se reunieron todos ellos por la noche, saludaron a Wang de una forma muy festiva. Y después entró en el monasterio. Al amanecer, cuando la mañana aún era muy fría, le llamó el sacerdote. Le dio un hacha y le dijo que fuera a reunirse con los otros para ir a recoger leña. Wang hizo diligentemente lo que le ordenaban.
