Cuentos Chinos
Cuentos Chinos El bonzo le dio las gracias diciendo: «Entre nosotros, los que hemos dejado el mundo, no se puede ser tacaño. Yo tengo excelentes peras y os invito a todos a comerlas». Uno le dijo: «Si tienes peras, ¿por qué no las comes?». Le contestó: «Primero necesito enterrar una semilla». Con estas palabras empezó a comerse la pera haciendo mucho ruido. Cuando se la hubo terminado, guardó una pepita en la mano, cogió el azada que llevaba al hombro y cavó un agujero de un par de pulgadas. Enterró la semilla y la cubrió de tierra, luego le pidió a la gente del mercado sopa para regarla. Un par de curiosos fueron a buscar agua caliente a un albergue callejero y el bonzo regó con ella la semilla. Miles de ojos estaban clavados en aquel lugar. Enseguida vieron salir un brote, que fue creciendo y se convirtió en árbol en un abrir y cerrar de ojos. Las ramas y el follaje se desarrollaban. Floreció y al momento estaban los frutos maduros: peras enormes y olorosas, que pendían en gran cantidad de las ramas del árbol. El bonzo se subió al árbol y las repartió entre los presentes. El árbol se vació rápidamente, entonces él cogió su hacha y abatió el árbol. Un crujido, otro, pasó un tiempo y el árbol cayó. Se echó el árbol a la espalda y se marchó dando pasos regulares.