Cuentos Chinos
Cuentos Chinos Cuando el bonzo realizó su magia, también el labrador se había entremezclado con los mirones. Estirando el cuello y con ojos de asombro se había quedado mirando y se había olvidado totalmente de sus peras. Cuando el bonzo se hubo marchado, buscó su carro con la mirada. No había ninguna pera y se dio entonces cuenta de que las peras que el otro había repartido eran sus propias peras. Miró con mayor atención a su carro y al carro le faltaba la lanza. Se veía claramente que había sido recientemente serrada. Se enfadó mucho y corrió tan rápido como pudo detrás del bonzo. Al llegar a una esquina se encontró el trozo de lanza apoyado en el muro de la ciudad, y se dio cuenta de que el árbol abatido era su lanza. Al bonzo no había forma de encontrarle y todo el mercado se rió con una estruendosa carcajada.