Cuentos de hadas Rusos
Cuentos de hadas Rusos Hacia la caída del sol, Junak se hallaba ante un bosque inmenso, en mitad del cual se alzaba la casita de Yaga, rodeada de robles y de pinos centenarios que no conocían el hacha del leñador. Los enormes árboles, dorados por los rayos del sol, parecían erguir sus copas, mirando con sorpresa a sus extraños visitantes. Reinaba un silencio absoluto. Ni un pájaro cantaba en las ramas, ni un insecto zumbaba en el aire, ni un gusano se arrastraba por la tierra. El único ruido era el del caballo abriéndose paso entre el follaje. Por fin llegaron ante una casita sostenida por una pata de gallo sobre la que giraba como un torno.
El Príncipe Junak gritó:
"Da la vuelta, casita, da la vuelta,
Gira, que quiero entrar;
Vuélvete de espalda al espeso bosque
Y ábreme la puerta de par en par."
La casita giró, y al entrar, el Príncipe vio a la vieja Yaga, que lo recibió exclamando:
- ¡Hola, Príncipe Junak! ¿Cómo has llegado hasta aquí, donde nunca entra nadie?
- ¡No seas necia, bruja! ¿Por qué has de aburrirme a preguntas antes de obsequiarme? -replicó el Príncipe.