Cuentos de hadas Rusos
Cuentos de hadas Rusos La niña estaba aterida y sólo pudo contestar con un hilo de voz:
- ¡Oh, sí, caliente, querido pichoncito mío, Morozushko!
Morozko la amó por tan tiernos palabras, y movido a compasión, la envolvió en pieles para hacerla entrar en calor y la obsequió con un cofre grande, lleno de atavíos de novia, de donde sacó un vestido todo aderezado de oro y plata. La muchacha se lo puso, y ¡oh, qué bella y apuesta estaba! Sentóse bajo el árbol y empezó a cantar canciones. Y entretanto, su madrastra que ya estaba preparando el banquete fúnebre le decía al marido:
- ¡Anda y entierra a tu hija!
El hombre salió de casa obedeciendo a su mujer. Pero el perrito que estaba bajo la mesa gritó:
- ¡Guau, guau! La hija del dueño va vestida de plata y oro, mas la hija de la dueña no tendrá galanes que la miren.
- ¡Cállate, necio! Aquí tienes un pastel para ti, pero has de decir: "Los galanes vendrán por la hija de la dueña, pero a la hija del dueño sólo le quedarán los huesos".
El perrito se comió el pastel, pero volvió a gritar:
- ¡Guau, guau! La hija del dueño viste de plata y oro, mas la hija de la dueña no tendrá galanes que la miren.