Cuentos de hadas Rusos

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Y sucedió tal como Zorka dijo. Entregó la Zarevna al monstruo a cambio del caballo prodigioso, enjaezó el animal, lo montó y se alejó de allí al galope; pero el Gnomo pequeño como el dedo pulgar corrió tras él riendo y gritándole:

- ¡Está bien, buen mozo, has cambiado una hermosa doncella por un caballo!

Apenas se había alejado Zorka dos o tres verstas, sintió que algo se le clavaba en la solapa. Se llevó la mano allí, y efectivamente, encontró un alfiler. Lo arrojó al suelo y ante él apareció una hermosa doncella que lloraba suplicándole que la volviese a casa de su querido padre. Zorka la sentó a su lado y se alejó galopando como sólo los héroes saben galopar. Llegó a la corte y encontró al Zar de muy mal humor.

- No me causa ninguna alegría, buen mozo, que me hayas servido tan fielmente, ni quiero yo el caballo que has ido a buscarme ni te recompensaré conforme a tus méritos.

- ¿Y por qué, mi querido padre el Zar?

- Porque, amigo mío, mi hija se ha marchado sin mi consentimiento.

- Ruégote, mi soberano señor y Zar, que no gastes esas bromas conmigo: la Zarevna acaba de darme la bienvenida en el patio de armas.


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