El Libro de Enoc 2 (Apócrifo Eslavo)

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I Enoc testigo de la profunda sabiduría del Reino

Hubo una vez un hombre sabio, un gran artífice; y Dios concibió Amor por él. Así resolvió mostrarle las Supremas Moradas para que fuera un testigo ocular de Su Sabiduría, de la profundidad inconcebible e inmutable del Reino de Dios Todopoderoso, y del muy maravilloso, glorioso y brillante lugar donde se observa la presencia de los diversos ojos de los servidores del Señor, y del Inaccesible Trono del Altísimo, y de los grados y manifestaciones de las inmateriales Huestes y del inefable ministerio de la multitud de elementos y de las varias apariciones inenarrables del canto del Anfitrión Querubín, y de la ilimitada luz. En Aquel tiempo, él dijo: Cuando cumplí mis 165 años, engendre a mi hijo Matusalén. También, después de esto, viví 365 años mas, completando así todos los años de mi vida, en total 365. En el primer día del primer mes, estaba en mí casa, solo y descansando en mi diván. Dormía. Y cuando estaba dormido, una gran congoja Llegó a mi corazón y estaba llorando en el sueño con los ojos cerrados no podía comprender cuál era la causa de esta aflicción o de lo que me pasaría. He ahí que se me aparecieron dos hombres tremendamente altos, tanto así que no había visto nada semejante en la tierra, sus caras eran relucientes como el Sol,2 sus ojos eran también como una llameante luz y de sus labios salía fuego hacia adelante; con ropas y cantos de varias clases; de apariencia violeta; sus alas eran más relucientes que el oro y sus manos más blancas que la nieve. Estaban de pie a la cabecera de mi diván y empezaron a llamarme por mi nombre. Y me levanté de mi sueño y vi claramente aquellos dos hombres de pie frente a mí. Y yo los salude, y se posesionó de mí tal miedo, que la apariencia de mi rostro se cambio en terror, y aquellos hombres me dijeron: Ten valor, Enoc, no temas; el Dios Eterno nos envía por ti, y he aquí que tú ascenderás hoy al cielo con nosotros. Ve y diles a tus hijos y a toda tu familia todo lo que harán sin ti en la tierra y en tu hogar, y no dejes que nadie intente buscarte hasta que el Señor te devuelva a los tuyos. Y yo me apresure a obedecerlos y salir fuera de mi casa hacia las puertas, como me fue ordenado y convoqué a mis hijos Matusalén y Regim y Gaidad y les hice saber todas las maravillas que aquellos hombres me habían contado.


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