Historia de Lanzarote del Lago
Historia de Lanzarote del Lago Se disipó entonces la oscuridad y volvió la luz del día; Maestro Heliés vuelve en sí y se queja con amargura, mira a su alrededor y le pregunta a Galahot cómo se encuentra, a lo que le responde que ahora bien, gracias a Dios. No pasó mucho rato cuando la tierra empezó a temblar «Señor —dice el Maestro—, apoyaos en ese asiento: la carne no os podría sostener frente a las grandes maravillas que vais a ver». Galahot se apoya entonces en el asiento y el Maestro se sujeta a un pilar de piedra, mientras que el caballero sostiene la caja. Entonces les pareció que toda la capilla daba vueltas; cuando esto terminó, Galahot mira y ve que entran a su alrededor, por la puerta que estaba muy bien cerrada, una mano y un brazo hasta el hombro, vestido con una manga ancha de jamete morado que arrastraba hasta el suelo y que le llegaba hasta más allá de la cota; aquel brazo iba vestido hasta el puño con algo como de seda blanca. Era un brazo extraordinaria mente largo y la mano era tan roja como un carbón en ascuas; sujetaba una espada igualmente roja, de la que goteaba sangre roja desde el puño hasta la punta. La espada se dirige derecha al Maestro Heliés y hace como si lo fuera a matar, y como si quisiera golpearle en el cuerpo. Éste se coloca la cruz delante con gran miedo de morir, y la espada empieza a girar a su alrededor sin dejar de amenazarle de muerte, mientras que él mantiene la cruz frente a la espada. Al cabo del rato, ve cómo ésta se aleja de él y se dirige hacia Galahot, que coloca la caja delante, tal como había visto hacer al Maestro, hasta que por fin la espada se retira de él y se va con el brazo y con la mano que la sujetaba hacia el muro, donde estaban pintados los redondeles de carbón, y golpea con tal fuerza que se hunde medio pie en la piedra tallada y borra cuatro redondeles, aunque no completamente, pues la cuarta parte del último de ellos queda sin borrar. Después de hacer esto se vuelve por la puerta tal como había entrado.