Historia de Lanzarote del Lago

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Así llora Farién y lamenta la muerte de Lionel; grandes lágrimas le corren por la cara. Poco después llegan al lugar en el que Claudás y su gente estaban defendiendo la calle. Cuando el rey ve a Farién, empieza a hablarle, y éste hace que se retiren sus hombres, caballeros y burgueses, hasta que haya hablado con Claudás. Con gusto evitaría Farién el combate —si pudiera hacerlo— pues estaba seguro de que las gentes de Claudás no chocarían con ellos sin que hubiera grandes daños por ambas partes, y temía sobre todo por su sobrino Lambegue, que odiaba ciegamente al rey: sabía que si combatían, uno de los dos moriría; y Claudás era tan buen caballero que Lambegue no le podría resistir mucho tiempo; si el rey lo mataba, el propio Farién lo sentiría tanto que no podría evitar, ni por juramento de fidelidad, ni de vasallaje, acabar con la vida de Claudás, si encontraba la ocasión, y así lo creía. Y entonces cometería una deslealtad, cosa que quería impedir en lo posible.

Todas estas cosas está pensando Farién con gran congoja y preocupación. Claudás se dirige a él, diciéndole:





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