Historia de Lanzarote del Lago
Historia de Lanzarote del Lago —Esperad a que me acueste, no sea que hagáis algún ruido.
La reina se acuesta y Lanzarote arranca las rejas del vano con tanta suavidad que no hace ningún ruido y no las rompe; después pasa por la ventana; en la habitación no había ni cirios ni candelas, pues Keu el senescal se quejaba de la claridad.
Cuando Lanzarote entró en la cama, la reina notó la sangre que le caía de las manos, pues se había cortado la piel con el filo de la reja, pero pensó que era sudor y ninguno de los dos se dio cuenta. La reina le contó la muerte de Galahot, de la que no sabía ni una palabra: tuvo un gran dolor, aunque no era el momento de mostrarlo sino que la alegría que tuvieron los dos fue bastante grande. Cuando ya se acercaba el día, se separaron y Lanzarote vuelve a salir colocando en su sitio la reja que había quitado; luego, encomienda a su dama a Dios y va a acostarse tan silenciosamente que nadie se entera.
Por la mañana fue Meleagant a ver a la reina, tal como acostumbraba. Ésta estaba durmiendo todavía; Meleagant vio las sábanas manchadas de sangre de Lanzarote y entonces acude a la cama de Keu: sus heridas se habían vuelto a abrir y había sangrado bastante, cosa que le ocurría la mayor parte de las noches. Regresó al lado de la reina y le dijo.
—Señora, señora, esto es peor.