Historia de Lanzarote del Lago
Historia de Lanzarote del Lago —Mi buen sobrino, tus palabras no me asombran y no me extraña que te falte razón, pues no es frecuente en ninguna tierra que el buen sentido y el valor estén juntos en el corazón de un niño. Y no cabe duda de que tú eres valiente para la edad que tienes y por eso ves con menos claridad en el espejo de la sabidurÃa: te voy a enseñar algo de buen sentido, pues veo con más claridad que tú muchas cosas; si retienes mis enseñanzas, aprenderéis mucho tú y los niños que quieren lograr prestigio mediante las proezas. Mientras seas niño, si están en un lugar en el que se trate de asuntos graves, procura que tus palabras no sean oÃdas hasta que hayan hablado los más viejos que tú. Si estás en un combate o en escaramuzas de guerra, o en cualquier otro lugar en el que haya abundancia de buenos caballeros, no esperes ni a los más jóvenes, ni a los más viejos que tú: pica espuelas antes que los demás para dar los primeros golpes allà donde puedas, pues en cuestión de mérito y de honra con las armas no se debe esperar a nadie, pero sà cuando se trata de aconsejar, entonces los niños deben esperar a los más ancianos. Ya sabes que es un gran honor morir como valiente y como esforzado, pero grandes afrentas y reproches derivan de decir palabras necias y de dar malos consejos. Te he hablado asà porque me has censurado delante de todos estos hombres que saben mejor que tú qué es el buen sentido y la razón. Muchos de los aquà presentes estarÃan de acuerdo con la muerte, justa o injusta, de Claudás: si lo mataran sin causa evidente, estarÃan deshonrados para siempre, pues no veo a ninguno que no le jurara lealtad y vasallaje con las manos juntas: unos lo hicieron de buen grado y otros a la fuerza, pero todos lo juraron. Cuando un caballero se entrega como vasallo, debe proteger a su señor feudal, como a su propio cuerpo, contra todos los peligros. Dios no ha hecho aún una corte tan alta en la que no me atreva a mantener mi punto de vista, pues por defender la lealtad no debe ser afrentado nadie: por eso, que sepan todos los caballeros aquà presentes que tienen que proteger el cuerpo de Claudás como a los suyos propios, por el juramento que le hicieron; no conozco peor deslealtad que la de matar a su propio señor. Pero si el señor maltrata a su vasallo o le causa daño, el vasallo debe hacerle entrar en razón mediante sus familiares en el término de cuarenta dÃas y si en ese tiempo no consigue justicia, que le devuelva el juramento delante de todos los pares, no en secreto, pues lo que se hace abiertamente es testimonio de lealtad y lo que se hace en secreto indica maldad y felonÃa. Si el señor no quiere rectificar su conducta con respecto al vasallo, ni hacerle justicia, a partir del momento en que haya roto el juramento, puede responderle y quitarle cosas suyas, sin que en ello haya nada malo. Pero debe evitar darle muerte o entregarlo para que lo maten, pues no debe recibir la muerte de sus manos, a no ser que haya cometido asesinato, felonÃa o traición contra él. El que derrame la sangre de su señor por cualquier otro motivo, es traidor, perjuro, asesino y fementido y en él se encuentran los siete pecados peores. Por eso, señores, os pregunto qué vais a hacer en este asunto, y si me aseguráis que Claudás no tendrá que preocuparse por ninguno de vosotros, por mucho mal que haya hecho, que no le daréis muerte antes de que haya sido juzgado en la corte del rey Arturo, si me lo aseguráis, lo aceptaré bajo mi protección. Si no lo hacéis asÃ, que cada uno haga lo que mejor pueda, pero yo no me dejaré deshonrar en la tierra para siempre por la muerte fea y vergonzosa de un solo hombre y no estoy dispuesto a perder mi alma durante la eternidad sin posibilidad de salvación, pues no sé cómo podrá tener la honra del otro mundo —que no tiene fin— quien la haya perdido en éste por su propia deslealtad y culpa. Decidid ahora entre todos y decidme qué vais a hacer.