Historia de Lanzarote del Lago

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El rey permaneció allí durante mucho rato, y les dieron de comer. Si sus tres compañeros estaban admirados y contemplaban gustosos a Lanzarote, no hay que preguntarlo, porque nunca habían visto a nadie al que apreciaran tanto como a él. Llegada la hora de nona, después de haber comido a gusto, el rey dijo que se iba a marchar y se despidió de Lanzarote, dejando en su compañía a tres caballeros, para que no fuera mañana sólo al torneo. El rey regresó al Castillo de la Herpe, donde le esperaban sus hombres.

Después de descabalgar, le preguntan dónde había estado tanto tiempo y contesta que en un lugar en el que había llevado sus asuntos como quería, «y os digo que he encontrado tal ayuda que los de fuera serán vencidos: lo sé sin lugar a dudas»; y no quiso decirles nada más.

Aquel día, los dos reyes hicieron levantar estrados en el campo, con ventanas y asientos para las damas y las doncellas. Era costumbre entonces que las reinas y las altas damas fueran a ver los torneos desde dos o tres jornadas de distancia, y todos los caballeros andantes que seguían los torneos, llevaban a sus amigas para que vieran a los mejores caballeros; por eso se levantaban los estrados allí donde iba a haber torneos.


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