Historia de Lanzarote del Lago

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—Así me ayude Dios, no temeré a la muerte mientras vos podáis llevar escudo; más atormenta mi corazón el tener que estar a merced de mi enemigo mortal. Ésa es la angustia que supera a todos los dolores, pues la muerte no es más que alegría y solaz en comparación con el tener que hacer y decir cosas que van en contra de mi corazón. De todas formas, como vuestra voluntad es que me confiese, lo haré, pues nada que vos queráis será dañino para mí.

A continuación llama al obispo y se arrepiente ante Nuestro Señor Dios confesando todo lo que el corazón puede explicar por medio de la lengua. Después pide sus armas y su tío le dice:

—Buen sobrino, no las necesitaréis; lo que os será necesario será pedir compasión.

—Por Dios, no pienso hacerlo. Yo no me hubiera apiadado de él ayer, si lo hubiera vencido, y —si Dios lo permite— no me humillaré ante grandes señores, pues parecería ladrón o asesino condenado a muerte; iré como caballero, con el yelmo atado y el escudo al cuello: le entregaré mi espada y las armas, sin decir nada; no tengáis ningún miedo, pues por el respeto que os debo porque sois mi tío y mi señor, no golpearé a nadie, ni cometeré ningún acto reprobable.


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