Historia de Lanzarote del Lago

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Lambegue llegó delante de Claudás y sin arrodillarse ni decir ninguna palabra, desenvaina la espada, la contempla y suspira. A continuación, la arroja a los pies del rey sin decir nada, se quita el yelmo de la cabeza, pues no se lo había atado, y lo arroja también a los pies de Claudás, y hace lo mismo con el escudo después. El rey recoge la espada y la levanta haciendo ademán de golpearlo con ella en la cabeza. Entonces sintieron todos los que estaban allí gran compasión, y hasta a los más felones se les saltan las lágrimas, pero Lambegue no se mueve en absoluto. Entonces, Claudás ordena que le quiten la cota y las calzas de hierro: de inmediato se acercan los criados y lo desarman; luego, se puso una cota fina de color rojo: era un caballero hermoso, bien proporcionado en el cuerpo y en los miembros, y no tenía ni bigote ni barba. Se mantenía en pie delante del rey, sin decir una palabra y sin mirar al rey cara a cara, sino de través y con el puño derecho apretado.

—Lambegue —le dice Claudás—, ¿cómo has sido tan osado que te has atrevido a entrar aquí? ¿Acaso no sabes que te odio más que a nadie?

—Claudás, ahora sabes que te temo poco.

—¿Cómo? ¿Ves aquí preparada tu muerte y aún me ofendes?

—Es una cosa a la que no tengo ningún miedo.

—¿Tan compasivo y misericordioso me consideras?


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