Historia de Lanzarote del Lago

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Al oír estas palabras, la doncella se puso más contenta que antes. Permaneció en la abadía hasta que se curó de la enfermedad, de forma que podía cabalgar a gusto. Se marchó entonces y cabalgó hasta que llegó al mar. Obtuvieron un barco para ella y su mesnada, entraron en él y atravesaron el mar sanos y salvos. Arribaron al puerto al que les llevó el viento, salieron de la nave alegres y contentos por haber pasado el mar en calma, volvieron a montar los caballos y cabalgaron hasta que llegaron a la ciudad de Gaunes tres días antes de la festividad de San Remigio; allí estaba el rey Claudás, que es el más poderoso de cuantos se conocen, salvo el rey Arturo: es hombre prudente; veríais que todos los grandes asuntos de Roma se resuelven con su consejo y tenía la venia y la buena voluntad de los romanos que no hacían nada sin que él se lo hubiera aconsejado. De esta forma, el rey Claudás estaba por encima de todas las gentes de Gaunes, de Aquitania y de Berri por su sentido común, y había hecho tan buenas obras por su generosidad que era muy querido por sus nobles.

Cuando el rey Claudás vio a la doncella que cabalgaba de forma tan rica, con vestido de seda, que llevaba freno, silla y arnés, pensó que era mensajera de Gran Bretaña y que sin duda le daría noticias del rey Arturo y de Lanzarote, si es que ella así lo deseaba. Claudás quería tener y saber noticias de Lanzarote y de sus dos hermanos. Llama a dos caballeros suyos y les dice:


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